Los Darwin que estudiaron medicina en Edimburgo: una dinastía de 300 años
Cuatro miembros de la familia Darwin pasaron por la Escuela de Medicina de Edimburgo, fundada hace exactamente 300 años. El más famoso abandonó la carrera, pero su paso por allí marcó su curiosidad científica para siempre.
Este 2026 se cumplen 300 años de la fundación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo, la primera en el mundo angloparlante. Entre sus alumnos más ilustres, aunque no siempre los más exitosos en la profesión, figuran cuatro miembros de la familia Darwin.
Erasmus Darwin, abuelo del famoso naturalista, estudió allí en la década de 1750. Médico, poeta e inventor, se destacó por sus ideas evolucionistas adelantadas a su tiempo. Sus dos hijos, Charles y Robert, también cursaron la carrera en Edimburgo. El mayor, Charles (tío del científico), mostró gran talento pero murió joven, posiblemente por una septicemia meningocócica tras disecar el cuerpo de un niño con hidrocefalia. Robert, en cambio, se recibió y ejerció con éxito como médico en Shrewsbury.
El más conocido de todos, Charles Robert Darwin, llegó a Edimburgo en 1825 con apenas 16 años. Su padre, Robert, quería que siguiera la tradición familiar. Sin embargo, el joven Charles encontró las clases aburridas y las prácticas con pacientes, desagradables. Prefería caminar por la costa recolectando especímenes, asistir a clases de taxidermia y reunirse con el Plinian Natural History Society.
Aunque no completó la carrera de medicina ni presentó la tesis de graduación, esa experiencia en Edimburgo fue formativa. Allí conoció a Robert Grant, quien lo introdujo en las ideas de Lamarck sobre la transmutación de las especies. Esa semilla, sumada a su posterior viaje en el Beagle, derivó en la teoría de la evolución por selección natural.
La historia de los Darwin en Edimburgo muestra cómo una misma institución puede marcar de formas muy distintas a una familia. Mientras Erasmus y Robert construyeron carreras sólidas en la medicina, el joven Charles usó ese tiempo para alimentar su curiosidad naturalista. Hoy, 300 años después de la creación de esa escuela, su legado sigue inspirando a científicos de todo el mundo.
Más allá de la anécdota familiar, el caso ilustra que no todos los que entran a estudiar medicina terminan ejerciendo. Y que a veces, el mayor aporte a la ciencia viene de quien se anima a salirse del camino trazado. Como siempre, estos relatos históricos nos recuerdan la importancia de seguir la propia vocación con constancia, sin buscar resultados inmediatos.